sábado, 7 de febrero de 2009

Cuando ignoramos, ignoramos hasta la ignorancia. Ignorancia que volvió a lastimar. El ignorante soporta maldades, falsedades que ignoran la verdad. Lo van boqueando los otros ignorantes, que no entienden del perdón (como cobardes) y el corazón junta valor ignorando lo que tiene que ignorar. Valorando la libertad, más unidos que cautivos podemos aguantar. La sociedad nos va a ignorar corrompiendo así, nuestra realidad. Aprendiendo de toda esta ignorancia, ignoramos lo que va a venir. Sin ignorar la honestidad que por suerte, enseña un poco más. Ignorar a los que ignoran es igual a odiar. Tu fusil o mi venganza no demuestra dignidad. No ignorar a Jesús, a una paloma, no ignorar al policía que traiciona. Ignorar tu identidad es ignorar y andar sin paz. Así es que ignoro a aquel que no crea. A aquel que mi dolor no vea, ni quiera ver. Si en la luna y sus estrellas o en el sol, encuentro fuerzas. Y en tus manos el amor y en tu abrazo encuentro eso, que llaman Dios. Siendo ignorante dentro de un pueblo ciego (sin más valor que la televisión), hay presidentes lazarillos que prometen cielos y luego cumplen con su propia salvación. Ignorar nuestro presente, nuestra historia: Ignorar cuando nos mienten y nos roban. Ignorar nuestra ignorancia, fue lo que nos trajo acá: a sufrir hasta sangrar las consecuencias, de ser juez y parte de nuestra ignorada inconciencia hasta el momento en que el destino fue nuestro fiscal. Sentencia, tal vez, de una idea sin felicidad. Repetida secuencia de la ciencia de perder las cosas importantes de verdad. ¿Saber o no saber? Vos no sos el que lo va a elegir pero ausente de tus propios sueños no se puede vivir. Ni tampoco te podes caer bajo el pie del que saquea: sembrando el miedo como sistema, durmiendo el anhelo con la tragedia, haciendo cárceles en tu cabeza. Ser ignorante no te exime pero tampoco te convierte en un traidor. El ignorante, no sólo ignora su ignorancia también ignora su perdón.