Me comeré un cortázar, saldre a caminar, creo que con pocas ganas de hablarle a los semaforos realmente de algo. Subire las veredas sin apuro, sin atropello, sin melancolía alguna, probablemente con las manos metidas en los bolsillos, como si no tuviese nada que hacer acá.
Gritaré, seguro que con mucha fuerza y en la cuarta o quinta esquina me detendre a volver a gritar por falta de costumbre, por exceso de favores. Porque de alguna extraña manera quiero dejar de ser tan cortes, tan cabral, tan mujer, pensando en vos y en todo, pensando en todo y en vos. Prestaré atención, particular atención al desierto de gente que existe los domingos por la mañana entendiendo que si bien no soy la única, estoy sóla.